Selenco Vega
"Los libros son un estímulo que suele desencadenar mis ganas de escribir"
Selenco Vega (Lima, 1971) es un escritor peruano cuya obra se mueve entre la poesía, el cuento y la novela, con una atención especial a los vínculos familiares, la culpa y las heridas que persisten en la vida cotidiana. Su narrativa combina solidez técnica, variedad de registros y una mirada sensible sobre personajes enfrentados a pérdidas, tensiones íntimas y conflictos. En el 2019 fue reconocido con el Premio Nacional de Literatura por El japonés Fukuhara. Este año publicó el conjunto de cuentos Siete carriles.
¿Cómo es el lugar donde escribes?
Así como ningún libro es cien por ciento idéntico a otro anterior, en mi caso, los lugares donde escribo han ido cambiando con los años. Mis primeros poemarios y libros de cuentos los concebí, produje y corregí en la habitación que yo tenía en la casa de mis padres. Otro espacio que recuerdo de ese tiempo era la biblioteca de Letras de San Marcos, adonde iba a refugiarme cada vez que alguna idea literaria me daba vueltas por la cabeza. En ese sentido, asocio mucho la creación con esos dos lugares: la casa familiar y mi alma máter, San Marcos.
En la actualidad, ya mayor y con una vida independiente, los textos los escribo en la biblioteca de mi casa. Es un espacio acogedor ubicado en el primer piso y que da hacia un universo de macetas y plantas que mi esposa mantiene con ese cuidado que uno solo pone a las cosas que realmente importan.
Cuando escribo, procuro no rodearme de objetos que me distraigan, que llamen mucho la atención. Eso sí, necesito estar rodeado de libros. Debe haber una razón mágica en esto: los libros son un estímulo que suele desencadenar mis ganas de escribir. Incluso, antes de comenzar un poema o de retomar un cuento o una novela, comienzo releyendo algunas páginas de mis autores preferidos. Se trata casi de un ritual para mí. Una página de Poe, de Vargas Llosa, de José Watanabe, enfilan el propio ritmo, la dinámica de lo que ese día vaya a escribir.
¿Cómo suena el lugar donde escribes?
Como te dije, mi escritorio da hacia un amable ejército de terracota cuyas cabezas son plantas, arbustos y flores. Da también hacia un árbol y un pino. Es inevitable, entonces, que la música que me acompaña sea el ruido de las aves y el sonido del viento. No escucho música mientras escribo. Salvo los ruidos naturales, me sirve más el silencio.
¿Tienes alguna superstición al momento de escribir?
Me parece que ya respondí también a esa pregunta, pero si quieres puedo desarrollarla un poco más. Antes de escribir, casi sin excepción, busco y releo a mis autores favoritos. Yo me considero una persona de fe: creo y me aferro a los dioses de la creación. Esos dioses existen y la prueba tangible son las obras literarias mismas. Mis dioses (sacrílegos casi todos, terrenales, falibles e irremediablemente humanos) son esos escritores a cuyos libros vuelvo siempre. Antes de escribir mi primera palabra del día, converso con ellos, prosigo aprendiendo de ellos, los convoco. Me siento entonces como en la primera estrofa de ese poema inmortal de Quevedo titulado “Desde la torre”: “Retirado en la paz de estos desiertos/con pocos pero doctos libros juntos/vivo en conversación con los difuntos/y escucho con mis ojos a los muertos”.
¿Cuánto de la historia tienes claro antes de empezar?
A mí me suele ocurrir algo que agradezco. Cuando imagino una historia para un cuento o una novela, esa historia me viene ya con el inicio y el final bastante claros. Es decir, sé bien cómo debo comenzar y sé también qué ocurrirá finalmente con los personajes. Mi trabajo como escritor consiste en ir descubriendo paulatinamente lo que sucederá en ese tránsito. Me gusta jugar a ser una suerte de voyeur, de acompañante invisible de esos personajes cuyo desenlace, a diferencia de ellos, yo ya conozco. Creo que eso me hace encariñarme con esos seres, buscar entender sus razones. Nunca los juzgo, no me interesa hacerlo. Me preocupo en conocerlos. En ese sentido, te puedo afirmar que, como escritor, más que la historia misma, que a veces puede ser mínima, me obsesiona la forma en la que esa historia afecta a los personajes. A menudo, la historia es para mí un pretexto para conocer a profundidad aquellos mundos fracturados de los protagonistas.
¿Cómo equilibras la inspiración con la disciplina?
Lamentablemente, vivimos en el Perú. Pertenezco a ese numeroso grupo de escritores que está obligado a conciliar las horas dedicadas a los trabajos alimenticios con las del oficio creativo. Fue Mariátegui quien habló de la “creación heroica”, si mal no recuerdo. Tuvo razón antes y la tiene ahora. No es una queja, ojo. El escritor, así como cualquier otro artista, debe ingeniárselas para robarle horas al día y dedicarlas a cumplir con su vocación. Por supuesto que yo creo que escribir implica, más que inspiración, un trabajo constante y disciplinado. El problema es que resulta difícil disciplinarse y adoptar una rutina cuando hay necesidades materiales básicas que atender. En mi caso concreto, trabajo en las mañanas como profesor universitario y, por lo general, intento dedicar las tardes a la escritura. Al margen de lo que acabo de decirte, yo también creo que la vocación es tan fuerte, tan obsesiva en los auténticos artistas, que, si uno está destinado a producir algo, terminará haciéndolo, de la manera que sea. ¿Ves? La “creación heroica”.
¿Qué papel juega la reescritura en tu proceso?
Hemingway decía que reescribía cada día antes de seguir avanzando, mientras que otros escritores evitan releer hasta terminar un borrador completo.
Para mí, la reescritura es la parte más importante y vital del proceso creativo. Permíteme usar una imagen. La primera versión, el borrador inicial de un texto literario es como la pieza de mármol todavía en bruto que el artista ha logrado conseguir. Esa piedra necesita ser labrada con paciencia, con amor y con rigor, con la exigencia de aquel que nunca se dará por satisfecho. En la reescritura se conoce al verdadero artista. Uno puede equivocarse (y mucho) con el borrador inicial, pero la escritura es un ejercicio de paciencia. Quizás el ejemplo más acabado de lo que te acabo de decir sea Pedro Páramo. Varias veces, Rulfo confesó que la versión original de la que sin duda es una de las novelas más influyentes en castellano tenía varios capítulos y centenares de páginas. Con talento y disciplina envidiables, sin apurarse en publicar, Rulfo cinceló y cinceló cada página, cada palabra, cada imagen de su novela. ¿El resultado? Una obra maestra de menos de cien páginas, un libro prematuramente clásico, que ha asegurado su boleto a la posteridad.
¿Qué consejo le darías a alguien que recién empieza a escribir?
El proceso de escritura puede resultar abrumador. Piensa en algo que te hubiese gustado escuchar a ti cuando empezabas este viaje.
Para ser sincero, no me siento capaz de dar consejos a nadie. Siempre me he considerado un aficionado a la literatura. En todo caso, como profesor de literatura, la única sugerencia que me permitiría dar a cualquier joven escritor es que lea, que lea bastante, y que lo haga siempre con espíritu crítico. Que lea especialmente poesía. En la actualidad, veo a escritores jóvenes que publican historias atractivas, pero me parece que en varios de sus textos falta esa complejidad, ese sustrato, ese valor que diferencia a las auténticas obras artísticas de otros textos, hechos más para el entretenimiento. Edgar Allan Poe, el padre del cuento moderno, siempre consideró a la poesía la reina de los géneros literarios. En nuestro país, Ribeyro era un lector empedernido de poesía. Y no es algo gratuito: la poesía concentra, en un puñado de versos, toda gama de imágenes y símbolos inquietantes, poderosos. Piensa en el perfume más exquisito de todos: eso es el poema. Creo que un buen cuentista, un buen novelista no solamente debe contar historias atractivas. También tiene que ser capaz de producir símbolos, imágenes potentes que obliguen a sus lectores a reflexionar, a darse cuenta de la riqueza y complejidad de todo aquello que nos rodea. Tengo la impresión de que hoy se lee muy poca poesía, habiendo en nuestro país poetas impresionantes y para todos los gustos: Vallejo, Eguren, Martín Adán, Blanca Varela, Eielson, Rodolfo Hinostroza, Antonio Cisneros, Verástegui, Watanabe, María Emilia Cornejo, López Degregori y un largo, largo etcétera.


