Rossana Sala
"Los consejos me ayudan a mejorar lo que mi intuición me dice"
Rossana Sala es una escritora peruana que transitó durante años entre la abogacía y la escritura, publicando cuentos en antologías y medios literarios antes de dedicarse por completo a la narrativa. Su obra abarca el cuento de humor cotidiano —como en No vaya a despertar a los caballos (Altazor, 2016) y la novela Divorcio en zapatillas (Mediática, 2022)— y la ambiciosa reconstrucción histórica de Me llevan a otra parte (Tusquets, 2026), donde entrelaza memoria familiar, investigación y ficción para narrar el cautiverio de su abuelo aprista durante la dictadura de Trujillo. Una voz que sorprende por su capacidad de moverse entre registros tan distintos con igual convicción.
¿Cómo es el lugar donde escribes?
Mis espacios de trabajo son diferentes. Dependen de mi necesidad de concentración, de los documentos que debo tener a la mano y, me imagino, de mi estado de ánimo. Tengo una mesa de escritorio en mi casa frente a una pared blanca. La mesa es amplia y me permite trabajar con la laptop rodeada de los libros y documentos que consulto para mis investigaciones. También uso algún cuaderno, lápices, lapiceros y marcadores de papel de colores. Tengo un iPad pequeño y un parlante para escuchar música. Entre tantas cosas está mi taza de café, que tantas veces se enfría sin que lo haya probado.
En ocasiones llevo la laptop a la mesa del comedor, donde la vista es más abierta porque da a la sala, que tiene una ventana a la calle. Traslado allí buena parte de las cosas del escritorio, incluso la silla. Las horas de trabajo son muchas, así que debo sentirme cómoda.
Algunos días, cuando no necesito tantos libros ni papeles, camino varias cuadras hasta llegar a un café al que voy con mi laptop y un cuaderno de notas.
¿Cómo suena el lugar donde escribes?
Cuando estoy en mi casa, busco en Spotify música catalogada como «para escribir», «para concentrarse» o «para leer». Escucho cualquiera de esas. Lo importante para mí es que no tenga letra. Después de un rato, me concentro mucho, así que dejo de oírla. Sin embargo, hay momentos en que necesito apagarla. Me imagino que depende de si estoy escribiendo algo nuevo o si estoy corrigiendo textos.
Si voy a un café, por lo general, a los pocos minutos de empezar a trabajar, las conversaciones —que no se detienen a mi alrededor— desaparecen para mí. No las escucho más. A veces mi concentración es tal que si alguien me saluda, doy un brinco. Pero otras, si la gente que está cerca de mí habla demasiado alto, prefiero buscar una zona más tranquila.
¿Tienes alguna superstición al momento de escribir?
No tengo ningún ritual. Pero mientras trabajaba en mi novela Me llevan a otra parte, entre los documentos que tenía sobre la mesa estaba la foto que luego dio origen a la portada del libro. Esa fotografía, con la imagen de mi abuelo —personaje central de la historia—, representaba mucho de lo que yo quería transmitir. Fue una especie de compañía, de inspiración, a lo largo de ese proceso tan solitario que es el de la escritura.
¿Cuánto de la historia tienes claro antes de empezar?
Depende. En el caso de Me llevan a otra parte, desarrollé un esquema básico con la estructura, la columna vertebral de la historia. Sabía de principio a fin lo que había ocurrido, pero no cómo terminaría la novela. Mientras avanzaba, pensaba en diferentes opciones. Un día decidí buscar un final circular. Quería que el final de la novela lleve a su inicio. Seguí trabajando. Varias semanas después, en alguna de mis caminatas matinales —mientras supuestamente pensaba en cualquier cosa menos en mi libro—, me vino a la mente ese final circular que tanto buscaba. De inmediato lo anoté en mi teléfono.
Siempre anoto las ideas en el celular o en algún papel, ya que más tarde no las recuerdo o no las recuerdo tal como las imaginé al principio (cuando supuestamente tenía la solución precisa).
Con los cuentos me pasa lo mismo. La mayoría de veces avanzo con mi escritura y luego, en algún momento, se me ocurre el final. En ocasiones las respuestas —o nuevos cuentos— aparecen mientras duermo… así que tengo en la mesa de noche lápiz y papel para anotarlas apenas abro un ojo.
¿Cómo equilibras la inspiración con la disciplina?
En la época en la que trabajaba de abogada (casi toda mi vida), escribía en las noches o anotaba algunas ideas cuando podía, solo para no perderlas entre contratos y leyes. En los últimos años, ya retirada, es que tengo tiempo absoluto para escribir. Para mí ya no existen sábados ni domingos. Así que, una vez concebida la idea de Me llevan a otra parte, fueron dos años y medio de trabajo constante. La inspiración venía del trabajo en la novela, de las lecturas, del viaje que hice a República Dominicana, de las entrevistas, de conversaciones con familiares y amigos, de visitas a la hemeroteca para leer los periódicos de la época y también durante mis largas caminatas. Me obligaba a salir al café o a reuniones, ya que soy consciente de que no es bueno estar encerrada. Pero el trabajo constante fue la base para poner en el papel lo que veía, escuchaba, leía, imaginaba, sentía y hasta olía.
¿Qué papel juega la reescritura en tu proceso?
La revisión es muy importante. En el caso de Me llevan a otra parte, debo haber impreso unos diez ejemplares —por lo menos— de la novela completa en sus diferentes versiones. La columna vertebral de la novela es lineal: los diez días de Miguel Estremadoyro en la cárcel en República Dominicana y su búsqueda por parte de su socio y familia. Pero la vida de Miguel no está narrada en forma lineal. Imprimía, ordenaba —y desordenaba— la historia de forma tal que no fuera cronológica, pero sí comprensible. Ese trabajo fue duro. Cada vez que movía épocas, tenía que revisar lo escrito para no repetirlo o para presentarlo como una novedad según su ubicación.
Trabajé mucho con hojas de Excel. Allí detallaba lo importante de cada uno de los personajes (incluyendo costumbres, tics, características que los hacían especiales). En el caso de Miguel Estremadoyro anotaba su día a día (con el detalle de las horas). Si le daban de comer, si sudaba, cuándo le devolvían la ropa… Esos detalles son los que hacen que la novela se sienta real. No podía sudar, por ejemplo, si había pasado dos días sin tomar agua.
Puedo decir que fue una escritura fluida y natural, pero que luego las revisiones fueron trascendentales, en especial al tratarse de una novela basada en hechos reales rodeada de temas históricos narrados en tiempo presente. Además, leía en voz alta los textos para sentir el ritmo y la diferencia entre las voces. Al tener un narrador en primera persona y uno omnisciente, la diferencia debía estar marcada de manera clara y sencilla.
¿Qué consejo le darías a alguien que recién empieza a escribir?
No soy una especialista como para dar consejos. Además, estudié derecho, no literatura. La escritura empezó como un hobby para mí, desde niña, y poco a poco se volvió parte importante de mi vida.
Me ayudaron los talleres literarios, en los que aprendí a corregir y mejorar mis relatos. Aprendí la importancia de leer muchísimo y de no dejar de escribir. De disfrutar del proceso de escritura. Aunque es agotador, no hay que desanimarse. Participar en talleres no solo para conocer técnicas, sino también para interactuar con otras personas que tienen los mismos intereses que uno. Compartir con ellos ideas y textos. Muchas veces pensamos que lo que escribimos está muy claro, cuando no es así.
Aprendí, o espero haber aprendido, a confiar en mi intuición. A escuchar consejos, pero si algo dentro de mí me dice otra cosa, lo sigo. Los consejos me ayudan a mejorar lo que mi intuición me dice. Aprendí a eliminar de mis textos palabras, líneas, párrafos completos, incluso páginas que sobran (por más buenas que parezcan). Quizá más adelante sirvan para otra historia.
Podría decir: sé feliz escribiendo.



Muchas gracias, Alberto! Fue muy interesante para mí pensar en mi proceso de escritura. ¡Gracias por ayudarme a difundir
mi novela!