Raúl Tola
"El verdadero momento creativo ocurre cuando se reescribe y corrige"
Raúl Tola (Lima, 1975) es narrador y periodista. Su escritura combina la reconstrucción histórica con la ficción para explorar el poder, la memoria y los dilemas éticos de la sociedad peruana. El domingo 26 de julio presentará su nueva novela El peso del aire en la Feria Internacional del Libro de Lima.
¿Cómo es el lugar donde escribes?
A estas alturas, creo haber escrito en casi todos los lugares imaginables: autobuses, aviones, aeropuertos, hoteles, bibliotecas, playas, piscinas públicas, hospitales e incluso en la mesa de conducción de un noticiero para televisión. Lo ideal es trabajar en una mesa ordenada, con buena luz y rodeado de una paz conventual, pero he aprendido a hacerlo a salto de mata, donde pueda, cada vez que el trabajo alimenticio y las obligaciones familiares me dejan un momento.
¿Cómo suena el lugar donde escribes?
Me gusta mucho escribir escuchando música y aprovecho las largas jornadas en el escritorio para buscar cosas nuevas, que no conocía, a las que no había prestado atención o que hacía tiempo despertaban mi curiosidad, como me ha pasado, en el último año, con Jim Croce y Bobby «Blue» Bland.
¿Tienes alguna superstición al momento de escribir?
En mi experiencia, cada libro nace con una historia, una técnica y un estilo, pero también con un método y unas manías propios. El peso del aire lo escribí casi íntegramente en computadora y las sucesivas, interminables correcciones las hice en pantalla, pero también sobre fragmentos del texto impreso. En cambio, ahora estoy escribiendo un libro a mano, y he descubierto dos necesidades: que los cuadernos sean de tapa dura, para poder tomar anotaciones en cualquier lugar, incluso de pie, sin tener un apoyo, y que los lapiceros sean todos de tinta negra y de la misma marca, que compro por docenas.
¿Cuánto de la historia tienes claro antes de empezar?
Suelo tener una idea más o menos clara de lo que quiero contar: la historia de mi familia reconvertida en una novela de mafia como en Flores amarillas, la historia de dos peruanos durante la Segunda Guerra Mundial como en La noche sin ventanas o los últimos años del primer fujimorismo desde la perspectiva de un muchacho que comienza a hacer periodismo en un pequeño canal de noticias por cable, como en El peso del aire. También, a grandes rasgos, suelo conocer el origen y destino de los personajes, de modo que el reto es hacerlos evolucionar para llegar de un punto al otro. Pero intento ser muy flexible, porque las novelas desarrollan sus propias lógicas y necesidades, lo que me obliga, siempre, a traicionar una buena parte de esos planes originales.
¿Cómo equilibras la inspiración con la disciplina?
En mi experiencia, cuando escribo una novela estoy sometido a una suerte de servidumbre, que subordina cuanto hago a ella. Todo lo que vivo es material narrativo en potencia: las conversaciones, las lecturas, el trabajo, las experiencias más mínimas e incluso las palabras oídas al paso, que pueden encajar en un diálogo o reemplazar un adjetivo. Lo que quiero decir es que siento que, sin querer, trabajo todo el tiempo, incluso cuando creo que estoy descansando, y que lo hago de manera natural, sin ningún esfuerzo. Este llega luego, cuando debo ordenar, transcribir y corregir el material, sobre todo en novelas ambiciosas y extensas como las tres que he mencionado.
¿Qué papel juega la reescritura en tu proceso?
Yo soy un convencido de que el verdadero momento creativo ocurre cuando se reescribe y corrige una novela. Ahí es cuando se perfecciona la voz, se resuelven las contradicciones del argumento, se termina de perfilar la personalidad de cada personaje y se redondea la estructura. Como he mencionado antes, cada libro me ha pedido un método distinto de escritura. Pero creo que todos, necesariamente, deben conducir a ese punto, que se debe practicar de manera meticulosa, obsesiva.
¿Qué consejo le darías a alguien que recién empieza a escribir?
A mí me costó muchísimo encontrar mi voz narrativa. Durante muchos años, sentí que mis textos eran impostados, mis historias falsas, mis esfuerzos inútiles. En otras palabras, que estaba perdiendo el tiempo y que tenía la intención de ser escritor, pero no el talento ni la sensibilidad. Aunque se ha disipado, esta es una duda que todavía me asalta, sobre todo cuando el libro que estoy escribiendo presenta problemas en apariencia insalvables, que lo conducen a un inevitable naufragio. De esta experiencia he aprendido que la principal virtud de un escritor (salvo que este sea un genio, es decir, un error estadístico) es la perseverancia, la terquedad. Si uno persiste, se repone de los fracasos, se enfrenta a la página en blanco una y otra vez, y en ese proceso lo pone todo, la inteligencia pero también las vísceras, la posibilidad de convertirse en escritor permanecerá latente, abierta. Y quién sabe, quizá algún día ocurra.


