Luis Hernán Castañeda
"El libro perfecto que soñamos escribir nunca existirá sobre el papel"
Luis Hernán Castañeda (Lima, 1982) es un narrador que despliega una prosa lúcida y autoconsciente, atravesada por la ironía y el juego formal. Su escritura desconfía de lo real y ensaya ficciones que se pliegan sobre sí mismas, explorando los límites entre el relato, la máscara y el artificio. Es autor del canal de Youtube Yo soy un escritor rural, una gran iniciativa para darle un espacio a la literatura en el mundo virtual actual.
¿Cómo es el lugar donde escribes?
Escribo en la mesa del comedor de mi casa, en Middlebury, Vermont, sobre una mesa que originalmente servía para comer y poco a poco se fue haciendo más versátil, porque además de tener platos y tazas está llena de cuadernos y libros entre los que se pasea mi gato Ciru, que ha fundado allí una especie de laberinto recreativo. Ciru me acompaña mientras escribo, cosa que hago siempre a mano, con una pluma Lamy y un cuaderno Moleskine, si se trata de una primera versión. Como mi mesa está siempre desordenada, cada mañana necesito abrirme campo en algún rinconcito no tan colonizadado por el caos. Es gracioso porque tengo una oficina de trabajo pero casi nunca entro a ese espacio, que está perfectamente ordenado y cubierto de polvo.
¿Cómo suena el lugar donde escribes?
Tiene que haber silencio, porque de lo contrario el lenguaje no podría hablar. No escribo con música de ningún tipo, ni siquiera con música instrumental, porque me distraería de la música interna de la escritura, que necesita fluir en silencio para hacerse más presente y ocupar mi espacio mental. Tolero algunos ruidos, pero me cuesta mucho: el viento entre las hojas, la pelota de algún niño, un camión lejano. Si volviera a Lima tendría que replantearme esta exigencia.
¿Tienes alguna superstición al momento de escribir?
Ya mencioné la pluma Lamy, que no siempre es exactamente la misma —tengo una pequeña colección— y el cuaderno Moleskine, que no siempre es de esa marca. A veces me compro un Midori, a veces un Leuchtturm. Eso sí, solo uso cuadernos cuadriculados, porque las hojas rayadas me generan ansiedad. Los cuadraditos formados por tenues líneas grises me ayudan a generar un cierto orden, a sentirme capaz de encarcelar las ideas. Soy bastante rápido a la hora de escribir y sin una red mínima me sentiría desamparado. Además, cuando escribo soy ribeyriano en mi necesidad de estar cerca del fuego y el humo, pero como dejé de fumar hace veinte años me resigno a prender algún incienso que me acompaña durante la sesión de escritura, por lo general con olor a palo santo. Cuando me acuerdo me gusta empezar con una suerte de invocación, digamos al Espíritu de la Escritura, para que me acompañe durante las dos horas que trato de consagrar cada día a todo esto. Y prendo una vela, también. Es una liturgia cotidiana.
¿Cuánto de la historia tienes claro antes de empezar?
Antes de empezar necesito un núcleo primigenio, una semilla que conjugue idea y emoción, pero de ninguna manera tengo un esquema de la trama, un álbum de retratos de los personajes o un mensaje que sienta la necesidad de comunicar. Hace años traté de usar un programa llamado Ulises que justamente permite organizar y planificar antes de empezar, pero fue un fracaso. Para ser sincero no confío tanto en los autores que lo tienen todo decidido antes de empezar y además cumplen su plan, porque le niegan al lector la aventura del descubrimiento. Me gustan los escritores que empiezan con un plan pero no pueden contra su genio y poco a poco se van desviando, autorizándose a romper sus propios designios.
La novela que estoy escribiendo ahora tiene un punto de partida básico, el deseo de uno de los personajes —llegar a lo alto de una montaña para dejar allí la ofrenda de un libro—, pero todo lo demás me lo voy inventando a cada paso. En realidad, no me lo invento; simplemente me va siendo susurrado y yo lo pongo por escrito de la mejor manera posible. Hay que confiar en que el mecanismo de la escritura irá señalándonos qué decir. Vuelvo al Espíritu de la Escritura, realmente creo en eso: como Mario Levrero.
¿Cómo equilibras la inspiración con la disciplina?
Claro que hay días más luminosos que otros, pero el escritor no tiene control sobre eso y debe desentenderse de ese factor para concentrarse en lo que sí puede manejar, que es la disciplina ordinaria de escribir. La cuestión es crear el contexto necesario, el espacio mental y el tiempo delimitado, para que la escritura pueda desatarse y hacer sus fechorías cuando ella quiera. Cuando escribí mi novela Vocación, que tiene casi seiscientas páginas, convertí esto en un mantra: ETLD, ETLD, ETLD, me repetía como un loco. Escribir todos los días. En relación con esto, la percepción inmediata nos engaña: a veces creemos que el producto de un día es débil, que ha sido un día de mierda, que terminaremos descartando lo escrito, pero tiempo después volvemos sobre ese material y detectamos su brillo. O reconocemos simplemente que encaja y tiene un sitio. Por eso no hay que juzgar tan rápidamente que la inspiración está o no presente. Hay que dejarlo en unas manos que no sean las nuestras. Dicho esto, es evidente para mí que un escritor solo, dejado a sus propias fuerzas interiores, que pretenda crear algo de valor sin contar con la complicidad de alguna fuerza extraña, está condenado a escribir como quien juega con títeres.
¿Qué papel juega la reescritura en tu proceso?
La reescritura siempre ha sido clave para mí, pero viene en segundo lugar. El primer borrador es un espacio de libertad absoluta, una pista de despegue que lleva a cielos completamente abiertos, en los que sería un error detenerse a preguntar: “espera, ¿de verdad estoy volando? ¿Tengo suficiente gasolina?”. En esa primera fase yo recomendaría no corregir demasiado, solo lo más superficial, las torpezas más obvias (como escribo a mano, esas caídas evidentes las tacho y sigo), y más bien seguir adelante día a día, respirando sin parar para no ahogarse. En esa etapa corregir mucho es un peligro innecesario. Ya cuando existe “algo” que se pueda llamar una primera versión firme, una masa de texto cuya existencia garantiza la realidad del futuro libro, entonces empieza la estación más placentera para mí, que es la de pulir, modificar, mejorar lo ya escrito sin la ansiedad propia del primer borrador. El objetivo es intervenir el texto para perfeccionarlo, reajustarlo, afinarlo. Muchas veces se trata de fortalecer la metáfora central para que arroje su luz en todas y cada una de las páginas. Aquí sí no hay límite: recomiendo la obsesión, la demencia, la insatisfacción infinita. Seguir corrigiendo hasta el final y más allá, para siempre, en cada edición y reedición, porque el libro perfecto que soñamos escribir nunca existirá sobre el papel, solo en el sueño.
¿Qué consejo le darías a alguien que recién empieza a escribir?
Cada escritor es distinto, pero daré un consejo para los escritores jóvenes parecidos al joven escritor que yo mismo fui hace mucho tiempo. Yo era terco. Confiaba demasiado en mi criterio y pensaba que los demás estaban equivocados en lo concerniente a mi obra. Por eso me costaba mucho ir a talleres literarios: me dolía aceptar las críticas. El mundo académico me enseñó a encajar los golpes, agradecer al agresor y aprender de su crueldad. Es una crueldad formativa, si sabemos cómo asimilarla. Por eso mi recomendación es esta: elegir un maestro, entregarse a su criterio y aceptar la mayor parte de sus sugerencias. No todas, claro. En esos santuarios de obstinación que uno guarda para sí, incluso contra el consejo de los mayores, reside el alma de un escritor.
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Excelente entrevista (no solo en contenido, también en forma).