Juan Acevedo
"La técnica, el método, sirve para después soltarse. Ahí es donde comienza la libertad del escritor"
Juan Acevedo (Lima, 1949) es un historietista peruano cuya obra ha hecho de la narrativa gráfica un espacio de crítica social, humor y reflexión sobre la vida cotidiana. Con un trazo expresivo y una mirada siempre alerta a las desigualdades del país, sus viñetas combinan agudeza política y cercanía popular. Su personaje más entrañable es el Cuy, al que pueden disfrutar en el notable libro recopilatorio El Cuy. Todas las tiras.
¿Cómo es el lugar donde escribes?
Yo necesito algo ligeramente desordenado. En el orden absoluto no puedo, no me sale. Necesito un poco de desorden a mi alrededor. Y esto, supongo, tiene que ver con haber sido así desde niño. Me siento más cómodo. Algunos dicen que ese desorden es su orden. Yo no idealizo mi desorden. Sí necesito que esté mínimamente ordenado, saber dónde están las cosas, por supuesto. Que no me gane, ¿no? Pero tampoco tan ordenadito.
¿Cómo suena el lugar donde escribes?
Yo no necesito absoluto silencio. Puede ocurrir lo que sea. Puede haber una construcción al lado de mi casa, pueden pasar los automóviles con sus cláxones estridentes, y no me hace nada. En la otra habitación pueden estar con la aspiradora y no me afecta en absoluto. En cambio, sí me puede perturbar que haya un radio cercano con opiniones, con noticias. La bulla en sí no, porque es un tipo de música, pero, en cambio, las palabras, los discursos, eso sí me puede distraer y entonces prefiero apagarlos radicalmente.
¿Tienes alguna superstición al momento de escribir?
Algunas cábalas, sí. En esto me pasa como a los arqueros, que entran al campo y se acercan a alguno de los rincones del arco y ponen algo: una foto, unas llaves, alguna cosita. Yo miro a mi alrededor y de repente hay algo que me parece que funciona a mi favor o en mi contra y según eso dispongo. Cábalas tengo y varias, además.
¿Cuánto de la historia tienes claro antes de empezar?
Depende del tipo de historia, del tipo de historieta que estoy haciendo. Historietas como Pobre Diablo —en la que se inscriben Anotherman y varios otros personajes de esa línea— son mis páginas más libres. Esas ocurren en la cama, al despertar o también a cualquier hora del día. Antonio Cisneros, hablando de la inspiración, decía que es como una chica a la cual tienes que atender de inmediato porque si no puede resentirse y adiós. Si no puedes atenderla, al menos sácale el teléfono, una nota. Hay algunas ideas maravillosas y canallas que no vuelven.
Luego, cuando trabajo en una historia como Túpac Amaru, el proceso puede ser mucho más difícil. Los dos primeros capítulos me parecen —lo digo con descaro— casi perfectos, a pesar de sus errores. Y eso me genera un problema: me da miedo no estar a la altura, bajar el nivel en las siguientes partes. En ese caso, lo ya hecho me pesa, me intimida.
Pero ahora estoy más confiado. He leído mucho y siento que tengo mejores herramientas. A veces temo decepcionar, no tanto a los lectores en general, sino a quienes esperan una historia de cierto tipo, la que conocen, anhelan o creen. Es posible que el Túpac Amaru que yo busco no sea exactamente el que muchos esperan. Creo que fue un hombre que buscó justicia, que quiso cambiar las cosas como estaban. No comparto esa visión simplista, repetida por tantos sin saber, de que se rebeló solo porque le subieron los impuestos. Esa es una lectura mezquina, hecha a la medida de quienes solo piensan en su propio interés. Túpac Amaru fue mucho más grande, más complejo. Cada persona lo es, y aún más quienes se vuelven hitos de la historia. Por algo su figura sigue viva, incluso después de haber sido derrotado. Su cultura continúa, y eso es lo que me interesa explorar: qué diálogo podemos tener hoy con él.
¿Cómo equilibras la inspiración con la disciplina?
La disciplina es fundamental. Hay que trabajar todos los días. Un ejemplo claro es Vargas Llosa, un hombre de una disciplina impresionante. Recuerdo que, cuando era estudiante universitario, leí una entrevista en la que contaba que trabajaba ocho horas diarias, como si estuviera en una oficina. No había eso de “hoy no estoy inspirado”. Se sentaba y escribía, y algo tenía que salir.
También creo en lo que decía, me parece, Picasso: que la inspiración te encuentre trabajando. No hay que esperar a que llegue para empezar. Trabaja, ponte en marcha, y verás cómo aparece. Cuando llegue, podrás dialogar con ella, o simplemente escucharla y dejarte llevar. Después habrá tiempo para corregir, para pulir lo que la inspiración te regaló.
Lo que llega por esa vía es maravilloso. Es un encuentro con algo superior, que puede venir desde dentro de uno mismo o de algún lugar que no sabemos, pero que entra en contacto con nosotros.
¿Qué papel juega la reescritura en tu proceso?
A mí me pasa con algunas historietas que las reescribo una y otra vez, tanto que a veces no logro avanzar, porque al cabo de un tiempo vuelvo a empezarlas. Ese afán de perfección a veces nos domina y, más que ayudarnos, puede volverse frustrante.
Ya sabemos que lo perfecto es enemigo de lo bueno. Por eso, a veces hay que dejar de perseguir la perfección y simplemente avanzar. Disfrutar lo bueno que nos da la vida, apreciarlo, quererlo sin condiciones. Ya habrá tiempo, más adelante, para corregir, para pulir. En el recuerdo y en la edición todos nos volvemos más sabios, más cuidadosos. Pero mientras tanto, lo importante es seguir escribiendo, no detenerse por la obsesión de hacerlo perfecto.
¿Qué consejo le darías a alguien que recién empieza a escribir?
Que escriba. Simplemente eso: que escriba. En el camino se va a dar cuenta si esto es lo suyo o no. Si pienso en algo que me hubiera gustado escuchar cuando empezaba, tal vez sería la voz de Dios diciéndome: “Lo vas a lograr. Vas a tener éxito. Eres grande.” Es broma, claro, pero uno puede necesitar creérselo para iniciar la aventura. Y esa confianza también nace del encuentro con los demás, de esa delicia que es la interacción.
Poco a poco se van acumulando páginas, y el estilo aparece inevitablemente con el tiempo. La gente empieza a reconocerte por lo que haces y por cómo lo haces. Es como la manera de bailar: cada quien tiene la suya. Y aunque lo académico puede parecer una limitación, en realidad es importante. Para vencer lo académico hay que conocerlo; nadie puede superar algo que no conoce. La técnica, el método, sirve para después soltarse. Ahí es donde comienza la libertad del escritor.
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Una vez más, muy interesante 🙂.